lunes, 18 de diciembre de 2017
     
 

El automóvil, la urbe y el transeśnte PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jaime Lizama   
martes, 27 de febrero de 2007
Extracto de "La Ciudad Fragmentada" de Jaime Lizama, texto ganador de la 1° versión del Concurso de Ensayo en Humanidades Contemporáneas convocado por el Goethe-Institut, el Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales y Artes y Letras, que será publicado por Ediciones UDP.

Que el automóvil hoy, en los inicios del Siglo XXI, sea un bien ampliamente accesible, ha hecho del peatón un figura urbana en declive, mirada en menos, menoscabada en relación a la dura agresividad de la vía; el peatón o el transeúnte cruzan no sin cierta zozobra las líneas amarillas, cruzan con la sospecha de verse embestidos por la agresividad anónima, descontrolada, abusiva, imprevista. El transeúnte, al mismo tiempo, tampoco debe desafiar a lo imprevisto, lo sorpresivo, a la pura libertad de cruzar y pasar calles sin atender a los signos urbanos. Entre él y el automóvil existe, además de las líneas y señales de tránsito que no debe pasar por alto, una línea susceptiblemente mortal.

JAIME LIZAMA

Ilusión de poder

En cierto modo, el que conduce es ahora un sujeto que suele revestirse de ciertos atributos de poder, de un aire de predisposición para el "choque" con otros: es más poderoso mientras más "pasa" a otros automovilistas en la ruta; marca mayor presencia en la ciudad mientras más se hacer oír a fuerza de bocinazos: su presencia es más poderosa en la medida que más crece el grado de sofisticación de su equipamiento vehicular.

En forma gradual, se entenderá que la nata hay que compartirla, convivir en ella en forma pacífica, más allá de la prepotencia de haber "pagado" por su uso y de poseer un vehículo particularmente equipado y único. Hoy por hoy, esa prepotencia, ese afán de poderío, tiende a expresarse en la adquisición de vehículos todo terreno de gran tamaño; búnkeres móviles para la seguridad familiar propia ante todo evento, importando poco o casi nada la seguridad ajena.

Precisamente, las recurrentes imágenes televisivas de accidentes violentos en nuestras carreteras, en su reiterada obsesión noticiosa, da pábulo para que nuestros temores y angustias ante ese tipo de muertes resulte, de alguna manera, disminuido con la adquisición de un transporte familiar diferenciadamente poderoso. Sin embargo, las muertes por accidentes de tránsito en vez de disminuir, aumentan, más allá de corazas o equipamientos.

De igual forma, este fetiche de la ciudad moderna, no ha contado entre nosotros con un uso autocontrolado, producto de un aprendizaje; antes bien, de la necesidad en el uso del automóvil se ha pasado rápidamente a un uso compulsivo, pasional, muchas veces neurótico; casi al límite de la dependencia fetiche. No ha habido así para este tipo de adquisición, un tiempo de asimilación, una distancia reflexiva y gradual sobre el objeto: un acostumbramiento más propiamente moderno.

Sueños de fuga

El anonimato que amenaza al citadino en las grandes urbes, suele transferirse a la peligrosidad del protagonismo vehicular en las calles. Los alardes de la individualidad en medio de una ruta siempre referencial y señalizada. El excederse, el ir más allá de los límites viales y su señalización, es el desacato a una ciudad que se escapa, a una ciudad que no se alcanzó o no se alcanza a vivir de acuerdo a su multiplicidad de ritmos, a una ciudad que se la quiere probablemente mejor, acaso más vivible, pero de la cual se termina escapando mediante el automóvil y su mitología del poder: la que suele derrumbarse por la violenta colisión que arrastra tras de sí el delirio de la alta velocidad en la carretera. El anonimato, casi sin querer, a la vuelta de un cruce o través de una rigurosa recta, termina volviéndose la escena central del noticiero, escena que cubre la carretera en forma casi siempre dramática.

En una importante medida, se trata que el automóvil no se coma la ciudad, no la engulla vía autopistas o puras transformaciones viales, sino que la ciudad se haga más "viable" y menos unidimensional. Convivir en la ciudad implica interactuar en la relatividad de los espacios públicos, en la diversidad de los desplazamientos urbanos, en la intensidad de los flujos, y también en la necesidad de parar, de hacer un alto en el trayecto, no para impedir que otros circulen, sino para "sentir" más gratamente la ciudad "nuestra" de todos los días. En otras palabras no podría haber ciudad sin la cordialidad serena y amable de los espacios públicos, sin la conversación ciudadana que habla afectuosamente sobre la ciudad en el intertanto, en el caminar luego de haber dejado atrás el automóvil y la pura unidimensionalidad de la vía.

Ver con celo

Caminar y hablar la ciudad tiene que ver no sólo con el hecho de ser peatón, sino con la realidad de un paseante que es capaz de "ver" la ciudad, desde la perspectiva de un sujeto celoso y acucioso de sus espacios. Celo que siempre ocurrirá en el afuera, en el cruce pasajero de nuestro ser citadino.

 http://diario.elmercurio.com/2007/02/11/artes_y_letras/_portada/noticias/B69F8583-7E6B-4DFA-9CDA-6714FF65DF75.htm

Modificado el ( lunes, 07 de mayo de 2007 )
 
< Anterior   Siguiente >

 

   
 
© 2017 APEDAL Ciudad Real
Joomla! es Software Libre distribuido bajo licencia GNU/GPL.